Los Pueblos

Gaucín

Antonio Garrido Domínguez

El camino entre Gibraltar y Ronda ofrecía y ofrece un itinerario marcado por los descubrimientos: dos mares, dos continentes, dos antiguas fronteras del Reino de Granada y del Reino de Castilla; y en medio de todo este trayecto surge Gaucín, como una tierra de promisión que premia todas las penalidades, todos los esfuerzos que exige ir a su encuentro.

Para los viajeros del XIX, Gaucín fue uno de los más propagados símbolos románticos andaluces. Es lo que explica que para no perderse su visita, en el trayecto hasta Ronda, se renunciara a rutas más asequibles y cortas, como era la que transcurría junto a la orilla del Guadiaro, adentrándose por Cortes. Ya fuera por competitividad, por ánimo explorador o por amor propio, nadie quería perderse la vista y visita a una ciudad que todos la consideraban como única. Y este bastión aparece sin falta en muchísimos de los Viajeros con un aire de encantamiento, de irrealidad, de estupor, de manifiesto asombro que ponía freno a los adjetivos y cortaba el aliento de sus autores.

El castillo del Águila, que hace honor a su nombre por su emplazamiento, altanero, como estandarte del pasado glorioso de la ciudad, pétrea figura de fortaleza intemporal avizorando el horizonte en busca de enemigos, una visión que suspende el ánimo. Y sorprende aún más si cabe, porque este escenario es el que alimentaba las mismas fuentes en las que bebían los presupuestos románticos. Suponía y supone todavía dar un vuelco al tiempo y revivir en un instante mágico el clamor de las armas, los lamentos de los heridos y el júbilo de los vencedores; asedios y asaltos continuos, lucha de civilizaciones, de razas y de religiones en un intento de defender o tomar una fortaleza que ya el imponente tajo que la cerca proclamaba a voces la imposibilidad de su conquista. Y para que la imaginación tuviera que esforzarse menos, durante el siglo XIX existía allí una guarnición de militares españoles y una ermita con su carga mística y conventual, lo que ayudaba a la onírica recreación de su pasado. Este castillo guarda en su recinto amurallado, una impresionante vista que se abre desde sus almenas y torreones, a oriente y occidente, a los cuatro puntos cardinales, que impacta de lleno en los sentidos del estupefacto visitante: la vista salta de un viñedo a un naranjal, de un prado en flor a un campo de mieses, de un bosque de alcornoques a un roquedal, de un arroyo a un río que se hace uno y se adentra en el mar; y difuminada en la lejanía la imagen de Gibraltar, bañada por el Mediterráneo y las brumas del Estrecho, lo que colmaba y sigue colmando todas las expectativas. La Roca en este caso, para los viajeros ingleses, era para ellos en aquellas circunstancias como una prolongación de su añorado y lejano país.

Hora y media calculaban los viajeros que, mitad a caballo, mitad andando cuando no se podía cabalgar, se tardaba desde el pie de la montaña en superar la empinada subida que conducía a Gaucín. Tan exhausto llegaba el forastero a sus calles, tan debilitadas sus fuerzas y su espíritu, después de la titánica escalada, que aunque alumbrara la luz del día, cualquiera que hubieran sido sus primitivas intenciones, no le acuciaba otro deseo que poner en cubierto sus molidos huesos y olvidarse de cuanto le rodeaba.

A la mañana siguiente, al abrir las ventanas, la población le reservaba la primera sorpresa, metiéndole a raudales no solo el perfume de los huertos cercanos, los vacilantes rayos de sol o el júbilo de los pájaros, sino también el murmullo pausado de las fuentes, en un lugar en el que el agua era como una religión de imperecedera fe, el incipiente resplandor de la cal, el sonido indeciso de las esquilas del ganado o el más grave tañido de la campana convocando a la misa del alba. Si había un paraíso en la tierra, un edén para la imaginación por aquí andaba y muy embotados se habían de tener los sentidos para no caer en ello…

El paseo tempranero por las calles semidesiertas del amanecer, en cualquier estación, proporcionaba después otras imprevistas satisfacciones al visitante, ya que de la contemplación de la sencilla arquitectura, de la ornamentación floral que asomaba a balcones y fachadas del añadido de escudos en piedra y de cierros haciendo guardia en las aceras, de las recoletas plazuelas y menudas callejas, se desprendía un encanto sin tapujos que impregnaba y continúa impregnando a tan singular urbanismo.

Quien seducido por todo lo dicho antes, se decidía a alargar en uno o dos días su estancia, no se equivocaba: Gaucín, según el testimonio que nos dejan bastantes viajeros, se presenta como uno de los lugares más hospitalarios imaginables, dentro de un país, como España, que ya tenía muy a gala el serlo. Era una época, después de la Guerra de la Independencia, donde los militares de la guarnición de Gibraltar eran bien recibidos debido a la ayuda que Inglaterra nos había otorgado en el conflicto. Incluso en otros momentos donde la relación entre los estados español y británico no fuese tan buena, la actitud de los serranos no variaba en nada para con los extranjeros, fueran o no ingleses. La atención al extranjero y militar inglés siempre fue especial, por puro pragmatismo, por ser un asiduo visitante, disponer de un buen salario, entender y hablar con fluidez un castellano aprendido en Gibraltar y acudir en grupos numerosos de oficiales. Y para aquellos gaucineños que no tenían pretensiones económicas, su paso por el pueblo del extranjero constituía un espectáculo gratuito que no dejaba impasible a nadie, aunque la curiosidad en todo caso venía a ser mutua. Incluso, la misma cúpula de la sociedad local se disputaban el atenderlos con comidas y celebraciones festivas, sin esperar nada a cambio. Eran alojados en las casas más distinguidas, disponiendo de las mejores habitaciones, agasajado por todos, sintiéndose el centro de atención de toda la sociedad local que le hacía disfrutar por unas horas de su efímera gloria, el viajero además de ofrecer a los anfitriones su casa en Inglaterra, aunque la devolución de la visita se sabía prácticamente improbable, respondía después en sus libros de viajes con cientos de elogios más que bien merecidos, para así mostrar su agradecimiento a una población que siempre los trató con una exquisita hospitalidad. Por tanto la impresión producida de la ciudad era doble, por sus encantos y por los momentos vividos en ella, tan excelentemente tratados, de la que llegan a decir: “Población fabulosa, isla de los genios”; “Paraíso en el que la imaginación disponía de cuantos elementos preciosos se necesitaba para desbocarse, para ir al encuentro de mundos soñados”, según el marqués de Custine. A John L. Adolphus le parece una ciudad “Fuera de este mundo”, y encuentra a Gaucín el lugar más romántico que conoce, superior incluso a la renombrada Ronda.

 

 

Jimera de Líbar

Rvdo. Richard Roberts

El Rvdo. Richard Roberts, realiza su viaje en 1859 (An Autumn Tour in Spain in the Year, Londres 1860) acompañado de varios compatriotas: Mr.  Portarlintong, persona muy influyente en Inglaterra y que parece ser es el que corre con todos los gastos; Purkiss el cocinero, Swaison y Elfick; en Madrid se le une Mr. Sykes; y en Toledo contratan a otros dos ayudantes, Tomás y Marcos. Ocho personas que hacen el camino juntos hasta llegar a Gibraltar. A través de la lectura que hace del viajero Richard Ford, y la información que este da en su libro, evita la penosa ruta de Gaucín, pues el cansancio era ya grande. Pasan por la Cueva del Gato pero no se detienen, temiéndoles a que les caiga la noche. Siguen maravillados, por lo que se les presenta ante sus ojos, paralelos al río Guadiaro del que dice: “…corriente montañosa que fluye rápida, pero dócil, a través de algunos de los más bellos escenarios de la Península. Se abría camino entre escarpadas orillas de bosquecillos y plácidos meandros que reflejaban un cielo sin nubes, absorbiendo algún matiz de su profundo azul”. Piensa que la gran cantidad de molinos que van encontrando por el camino tiene una deuda centenaria con el caudal generoso de este hermoso río, que desde la época de los moros viene poniendo en marcha de manera inalterable su vieja maquinaria. Y cerca de uno de ellos, bajo la sombra de un nogal se sientan a descansar y a dar de comer a los caballos, es mediodía: “…apresurándonos, después, en dos horas, antes de que se pusiese el sol, llegamos a una escondida venta, rodeada de naranjos. Aquí, para ayudar a las personas que van a Cortes, una de las poblaciones más grandes de la zona, se ha dispuesto una barca para cruzar el río”. Había oído hablar que por los alrededores se encuentra  una población llamada Jimera. Preguntan al dueño de la venta que lo es también de la barca, que intenta retenerlos en la posada. Pero la posibilidad de pasar allí la noche en tan solo dos habitaciones, cerca del agua, que atrae mosquitos y fiebres malignas no les atrae demasiado. Pero en la posada de Jimera, a donde llegan, no hay habitaciones libres, es ya de noche y tienen que buscar cobijo como sea. Perkiss se encarga de ir casa por casa y cuando están a punto de volverse para la venta, encuentran acomodo en dos casas que son de la misma familia. El lugar les encanta: “No pudimos haber encontrado una mejor ilustración de la superior comodidad y limpieza con que viven los campesinos andaluces. Jimera es una pequeña población de montaña, aislada en una región remota. La única carretera que vimos está a varias millas de distancia, es poco frecuentada por los viajeros de otros países. La casa era la de un campesino corriente, sin embargo, el alojamiento era insuperable con mejores camas que las que habíamos dispuesto en otras posadas de mayores pretensiones”. Además la llegada de estos extranjeros se convierte en un asunto de interés general, por lo que todo el pueblo se haya dispuesto y preparado a colaborar con lo que haga falta: “La preparación de la cena se convirtió en un asunto público. Como no existía más que un fuego, entre las nueves personas de nuestro grupo, el dueño de la casa y varios vecinos que se acercaron, unos para ayudar y otros para ver de cerca a los ingleses, Purkiss pasó verdaderos apuros para hacer su cometido, aunque lo llevó con su habitual buen humor. El barbero del pueblo, en especial, un joven cojo, se distinguió por su gran actividad echando una mano para todo: pelando conejos, lavándolos, mondando patatas o manejando la sartén con tal maestría que era una delicia verlo. Había una mujer muy alta que se creía imprescindible; sin embargo, aunque sus intenciones fueran las mejores, por la excentricidad de su conducta era todo lo contrario. No sé cuantas veces me dio palmaditas en la espalda, mostrando, mientras tanto, tan angélica expresión que quedaba fuera de toda duda que era su manera de mostrarnos su afecto. Después se fue a ofrecer sus servicios a Purkiss, haciendo justamente lo que este no quería que hiciera, y, de paso, provocando un mayor retraso en la preparación de la comida, que no estuvo lista antes de dos horas. El último capricho de la vieja tuvimos ocasión de presenciarlo unas horas más tarde: entró en un dormitorio con dos manzanas enormes en sus manos; una de ellas se empeñó en meterla bajo las sábanas de Portarlington, despertándolo de su primer sueño, mientras ofrecía la otra a mí. Por fortuna, yo todavía andaba vestido. Le agradecí su regalo y aunque, con esfuerzos, logré que poco a poco abandonara su habitación”. Se sintieron agasajados por los jimeranos, disfrutaron de una comida inmejorable, y rodeado de un excelente ambiente, el buen humor reinó durante toda la velada: “A pesar de todos los inconvenientes, Purkiss nos sirvió una magnífica cena que devoramos en nuestro dormitorio. A la cocina volvimos tan pronto como los criados dieron cuenta de la suya. Junto al fuego nos divertimos de lo lindo. Mientras, Marcos, Tomás, el barbero y el viajero de Loja se entendían con los restos de la comida a la que habían añadido unos cuantos puñados de arroz y sazonado con condimentos de la tierra, hasta preparar una gran fuente de alimentos que tenían un aspecto apetitoso. En ella, según la costumbre española, cada uno sumergió su navaja. Fue sorprendente ver la velocidad con que, entre grandes carcajadas, desaparecía la comida, junto con dos o tres botellas de vino que nosotros habíamos regalado. El barbero, igualmente, puso todo de su parte para hacernos agradable la velada. Era hombre habilidoso, de profesiones varias; entre ellas, la de sangrar brazos y piernas, como hacían los barberos cirujanos, hace siglos, en nuestro país. Se moría de ganas de probar sus artes en uno de nosotros y nos propuso sangrarnos, a lo que, naturalmente nos opusimos. Fue una tarde indeleble la que pasamos en Jimera. la gente era cordial, amable. Tuvimos la suerte de ver su forma de vida. Sabíamos que nunca volveríamos a ser testigos de una experiencia parecida. Lo sigo pensando ahora que el viaje toca a su fin. El recuerdo de la noche que pasamos en Jimera, me viene a la mente con frecuencia, y el placer y el sentimiento que levanta en mí es insuperable”. A día siguiente, se levantan a las seis de la mañana. La noche ha sido magnífica, en buenas camas y sábanas limpísimas. Sin embargo los criados durmieron en el suelo. La luna todavía brilla y observan en las colinas un fuego de carboneros “como un ojo de cíclope“. Pese al madrugón, la salida se retrasa más de una hora ya que Tomás, identificado como el más perezoso, le cuesta levantarse. El barbero, con su cojera y todo, les sirve de guía hasta dar con la orilla del Guadiaro, con Cortes situado en la opuesta ribera. Se despide de ellos el barbero contento con la gratificación que recibe. Hasta el mediodía siguen la familiar compañía del río, aunque sus orillas han dejado de ser uniformes y bajan y suben promontorios entre “grupos de líquenes florecidos, troncos de robles, bosques y cañadas”. Como punto de referencia para no perder la ruta, el barbero les ha señalado la llamada Boca de León; pero ignoran con las prisas, qué puede ser: si una aldea, una venta o un puerto. Cuando pueden preguntar a unos labradores que trabajan el campo, se dan cuenta que han elegido el camino equivocado y que, en realidad, la Boca de León da nombre a la ladera de una montaña que conduce al puerto y, por ende, al camino correcto.

Fuente: Viajeros del XIX cabalgan por la Serranía de Ronda – El Camino Inglés. Antonio Garrido Domínguez. Edit. La Serranía, 2006

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